jueves, 3 de julio de 2008

Sobre el conflicto entre el gobierno y el campo

1. Inflación mundial o descargando la crisis sobre los trabajadores del mundo

La principal forma de contener la crisis económica mundial que tiene la burguesía es por medio del aumento de los precios de las mercancías. Excepto, por supuesto, el salario, la fuerza de trabajo con la cual obtiene sus ganancias. Esta fuerza de trabajo que en los últimos meses ha perdido muchísimo valor pasa a ser un problema cada vez mayor para el orden burgués, quién se pregunta a sí mismo cómo evitar que la suba generalizada de mercancías y el detrimento estrepitoso del precio del salario no se traduzca en nuevos levantamientos de masas que tiendan o rompan directamente el bendito “pacto social”. En distintos países del mundo estos levantamientos ya están dando a luz; pero el país que se encuentra más cerca de romper el “pacto social” es Bolivia. Todo el imperialismo esta mirando y operando para instaurar un régimen fascista para evitar un nuevo levantamiento popular como los vividos en Octubre de 2003, pero esta vez de dimensiones mayores.

Esta crisis internacional, más allá de lo que digan los distintas economistas burgueses, ya está impactando en el proceso económico argentino y tiene como principal correlato el conflicto entre el “campo” y el gobierno nacional por la apropiación de la renta agraria.


2. La disputa “Campo vs. Gobierno” como expresión de la crisis mundial

Este fenómeno –el conflicto entre el gobierno y el campo- se sitúa y es expresión de la crisis económica mundial y de la embestida económica, política y militar que está realizando el imperialismo buscando descargar la crisis por medio del aumento de la explotación de los trabajadores en las colonias de América Latina, Africa, Asia y Medio Oriente.

Este contexto actual de agudización de la lucha inter-burguesa, y de la entrada en emergencia de elementos de lucha de clases creciente reclama una posición de independencia política de clase clara, sin atisbos de apoyo por más mínimo que sea a cualquiera de los bandos patronales. Es decir, para que el conflicto asuma cada vez un carácter de clase marcado y salga de la antinomia dominante “campo/gobierno” es necesario levantar una política de independencia de clase de ambos bandos patronales. Mientras el peronismo pregona la ideología de la conciliación de clases entre patrones y trabajadores, y las patronales agrarias pretenden realizar su propio “argentinazo”, los trabajadores y sectores populares tenemos que levantar nuestras propias banderas de lucha, de forma independiente cualquier fracción burguesa.

Sólo la lucha independiente podrá evitar que la crisis económica internacional recaiga sobre el bolsillo de los trabajadores.


3. De la lucha inter-burguesa a la construcción de un nuevo frente político patronal

Por medio de esta pelea, distintos sectores patronales están preparando un recambio del comando político del estado. Su objetivo cada día es más claro: reorientar la economía en beneficio propio y dirigir el aparato de represión del estado en la nueva alza de la lucha de clases que pre-anuncia la crisis mundial. Tanto el imperialismo, la burguesía local y los intelectuales cipayos saben muy bien que el grado de dependencia de la economía argentina con respecto al capitalismo global es tan alto que una crisis de las dimensiones actuales sacudirá el crecimiento económico nativo y dispondrá a vastos sectores populares a la lucha.

Por estas razones este movimiento patronal se presenta como la reacción al ciclo de acumulación iniciado en el 2002 con la devaluación y los ya presentes indicios de agotamiento. Este ciclo fue consecuencia directa de la crisis del 2001 y de su resolución burguesa vía la devaluación del peso, generando una depresión del salario y condiciones excepcionales para la exportación de materias primas. Pero este movimiento reactivo no pretende superar ni la forma general en que se desarrolla el proceso ni la tendencia de desarrollo del capitalismo argentino desde entonces. Sólo busca re-orientar esta forma específica del desarrollo. Centralmente lo haría abriendo la economía a través de nuevas inversiones del capital internacional y la estabilización de los próximos enfrentamientos de la lucha de clases por el aumento de la represión estatal. Sin dudas, esta tendencia reaccionaria y su necesidad de apoyo popular para conseguir sus demandas, muestra indirectamente que todos estos años se han acumulado nuevas fuerzas sociales entre los oprimidos, elevado su conciencia política y sintetizado sus propias experiencias de lucha.

Uno de los dirigentes de este movimiento, su ala izquierda junto al PCR y el MST, es Alfedro De Angeli, que un día antes de ser arrestado por la Gendarmería Nacional dijo en una entrevista al diario Perfil: “Temo una revolución social, y no se sabe en qué puede caer eso”. Esta incertidumbre con respecto al curso de los acontecimientos muestra el temor de Angeli a no lograr que el conflicto del cuál es parte de la dirección se mantenga en sus manos, sin que pase su dirección a otras clases o fracciones de clase. Cuando dice “Temo una revolución social” muestra que este miedo se funda en una tendencia a la cuál el conjunto de la burguesía le teme: un nuevo proceso de movilización de masas independiente, como sucedió durante el año 2001 y como empieza a suceder en distintos países de América Latina.

Hoy en día el conjunto de la clase dominante tiene la vista en mantener el conflicto dentro de la “institucionalidad”, de la “gobernabilidad”, y evitar que se desborde. Por eso, el Partido Justicialista decidió “resolver” el conflicto en el Congreso; es decir por medio de una de las instituciones fundamentales de la democracia burguesa. En esa misma entrevista Fontevechia le preguntó a De Angeli “¿Encuentra algún paralelismo entre esta crisis y la de 2001?”, él le contestó: “Vamos camino al 2001 con la desocupación del interior. Es muy probable que la convulsión no la tengamos en Buenos Aires esta vez, que sea en el interior.”

Esta entrevista refleja la inquietud del periodista y la intención del líder patronal: ir hacia un “2001”, pero distinto, con el objetivo de incluir en la administración del Estado, en su dirección económica, elementos que reflejen la nueva situación de crisis económica y la imperiosa necesidad de la inyección de capitales y el ajuste interno del ya reducido “gasto social”. No es deseable una revolución en el reclamo agropecuario, pero sí le es deseable re-distribuir la gran producción de riqueza de un modo un tanto distinto al que lleva adelante el gobierno de Kirchner, aunque esta re-distribución no sea para los trabajadores pobres de la ciudad y el campo. La fórmula económica de esta nueva expresión política, de este nuevo frente patronal que está en gestación puede expresarse de la siguiente manera: continuar el crecimiento económico por medio del aumento de la inversión imperialista. Esta inyección de capital puede hacer posible una baja de las retenciones y, en lugar de pagar la deuda con la plata de la renta agraria, pagarla con más deuda. El principal exponente político de este nuevo frente patronal es Eduardo Duhalde y su Movimiento Productivo Argentino que ha tomado presencia pública notable en los últimos meses, a pesar de que fue fundado a mediados del 2001.


4. El Estado y su rol de conducción hegemónica

Para llegar hacia el nuevo tipo de gobierno el frente patronal agrario y el capital imperialista necesitan orientar el conflicto social en el sentido que vienen haciéndolo, dirigiéndolo por medios propios. Esta capacidad de conducir la lucha de fracciones sociales de medianos y pequeños propietarios del campo, conquistando el apoyo de crecientes fracciones medias y trabajadoras de la ciudad tiene que ser contrarestada impulsando la lucha independiente de los trabajadores ocupados y desocupados, campesinos pobres y estudiantes, haciendo emerger una alianza de clases con hegemonía de los trabajadores.

Como señala Engels a apropósito de la función del Estado en la sociedad de clases: “A fin de que las clases antagónicas, de opuestos intereses económicos, no se consuman a sí mismas y a la sociedad en luchas estériles, hácese necesario un poder que domine ostensiblemente a la sociedad y se encargue de dirigir el conflicto o mantenerlo dentro de los límites del “orden”[1]. Engels no sólo ve al Estado como apaciguador de las contradicciones que emergen del mismo proceso social sino que, ante la inevitable explosión de estas contradicciones, el Estado se pone como actor para dirigir este proceso de tensión social para que no se traslade su dirección hacia carriles indeseados, ya sean en manos de trabajadores, distintos sectores populares o alguna otra fracción de la clase dominante que pretenda utilizar el conflicto para tomar el control político del Estado y desplazar a la fracción gobernante.


5. Tiempo de re-agrupamiento en el campo popular

A más de 100 días de desatada la crisis política que envuelve a la Argentina por el conflicto entre las patronales agrarias y el gobierno nacional, empiezan ya a perfilarse algunas posiciones políticas al interior de la izquierda.

Al hablar de izquierda me refiero a las organizaciones políticas que lograron, bajo esta coyuntura de lucha inter-burguesa, mantener su independencia política frente a los dos bandos patronales. Me refiero al no tan vasto pero tampoco tan pequeño número de partidos, movimientos sociales, corrientes sindicales, agrupaciones estudiantes, etc. que por distintas acciones, movilizaciones y pronunciamientos se posicionaron “ni con el gobierno ni con el campo”.

El resto de las organizaciones que hasta ayer algunos podrían calificar como de izquierda, luego de que se pasaran a uno u otro bando patronal no podemos menos que rever su caracterización. En primer lugar, detrás del Frente del gobierno nacional se han abroquelado cientos de intelectuales “progresistas”, los movimientos sociales como Patria Libre, el Movimiento Evita, y Libres Sur, una fracción del movimiento campesino agrupado en el Frente Nacional Campesino, y grupúsculos menores por todo el país. Al mismo tiempo cuenta con la representación mayoritaria de la clase obrera, por medio del burócrata sindical Hugo Moyano. Todos estos grupos apoyan al gobierno nacional y las nuevas retenciones móviles aplicadas a la exportación de granos.

Del otro lado tenemos a los distintos propietarios o productores del campo luchando por la rebaja de las retenciones al 35% y la anulación de su carácter móvil. En este movimiento se apoyan los sectores de oposición de derecha, amplias franjas de la pequeña burguesía urbana, y organizaciones políticas de “izquierda” como el MST y el PCR. Por supuesto, como decíamos párrafo atrás, es necesario re-definir el carácter de estas organizaciones puesto que una organización de izquierda se define en primer lugar por su posición de clase. Y sólo una organización que lucha de forma independiente de cualquier fracción burguesa puede ser denominada de izquierda. Y esto no es sólo por una cuestión semántica, sino por un esfuerzo de delimitación política entre quienes pregonan alianzas con algún sector burgués y quiénes trazan una política de independencia de clase.

A raíz de esta nueva delimitación es necesario ir siguiendo el proceso de re-agrupamiento de las fuerzas sociales de la clase trabajadora y los sectores oprimidos, sus distintas expresiones organizadas, tanto sociales como políticas. Como señalamos al principio, bajo esta nueva delimitación necesaria y fundamental encontramos distintos grupos políticos que se posicionan con independencia política de los bandos patronales.

A uno de estos agrupamientos me referiré a continuación.

6. Espacio de “Otro camino para superar la crisis”: entre la independencia política y el apoyo crítico al gobierno de los Kirchner

Declarándose ni a favor del gobierno nacional ni con las patronales agrarias, el espacio que podemos denominar de la izquierda independiente ha escrito su propia declaración bajo el nombre “Otro camino para superar la crisis”. En realidad, en lo que va del conflicto agrario, ya han escrito 2 documentos. El primero apareció firmado por Jorge Sanmartino (del grupo Praxis), Eduardo Lucita (de Economistas de Izquierda) y Claudio Katz (también del EDI). Esta declaración fue firmada por cientos de personas, entre intelectuales universitarios, trabajadores y distintos grupos políticos. A partir de la primera declaración y de la adhesión de distintos sectores se convocaron varias reuniones en donde se acordó una segunda declaración con los sectores adherentes de la primera.

En cuanto a la caracterización del conflicto dicen que se trata de una disputa interburguesa por la apropiación de la renta agraria. Reconocen, por tanto, que los actores sociales en pugna representan los intereses de distintas fracciones de la clase dominante. Por lo tanto no apoyan a ningún bando.

Sin embargo, defienden el derecho del Estado a la regulación económica. Aunque el gobierno de Kirchner no distribuya la riqueza –ellos reconocen esto- es legítimo, señalan, que el Estado intervenga en la sociedad para regular el precio de las mercancías, de forma de nivelar el crecimiento económico excepcional de una esfera de la producción (en este caso la exportación de soja), hacía otras esferas de la producción económica (en este caso, para la reproducción de la relación de dependencia imperialista vía el pago de la deuda externa y para la reproducción de la burguesía industrial local vía subsidios directos). El documento dice lo siguiente sobre este punto: “Al reclamar la anulación de las retenciones móviles como bandera principal de 'apoyo al campo', este movimiento impugna el derecho del Estado a apropiarse de las rentas extraordinarias y a regular tibiamente los precios de los alimentos que consumimos todos los argentinos.”

Lo que sucede es que esta defensa del “derecho” del Estado a intervenir en el proceso económico está siendo separada del actor social que la realiza. Separa la acción de la fuerza social que la lleva acabo. Entonces critica quién la hace (el gobierno K) pero no critica la acción misma, sino todo lo contrario, la apoya. Como si el Estado, más allá de quién lo dirija, tenga atribuciones propias que son legitimas de aplicar por sí mismas. Una apreciación materialista tiene que enlazar el análisis de la acción con la fuerza social que la lleva a cabo; es decir, señalar el interés económico que beneficia tal acción. Es claro que la aplicación de las retenciones móviles no busca beneficiar a la clase trabajadora, sino a otras fracciones de la burguesía. Es una retención de carácter pro-burgués. Y en este sentido no deben recibir ningún tipo de apoyo.

La consigna central del segundo documento del espacio independiente dice: “Sí a las retenciones. Por una canasta básica sin IVA”. Es decir, en lugar de marcar con centralidad un reclamo propio, independiente, primero apoyan la acción del gobierno, y luego una demanda “redistributiva”, una quita de impuesto a los insumos necesarios de los trabajadores.

Lo que se deja traslucir en esta posición política es la creencia en la posibilidad de una distribución de la riqueza en los marcos actuales del capitalismo, utilizando el Estado (estructuralmente burgués) para intervenir en la producción económica en beneficio de una industrialización del país. “La redistribución social del ingreso nacional no sólo se necesita y es posible ahora, si no que ya lo era antes.” Y Luego dicen: Mientras no se disponga de otras políticas como la fijación de precios internos por organismos como las disueltas Juntas Nacionales de Carnes y de Granos y el control de las ventas externas y sus ingresos por un organismo estatal de comercio exterior, no habrá otros mecanismos mejores que las retenciones para controlar los precios locales de los alimentos y su abastecimiento regular”. En realidad debería decir lo inverso, mientras sólo existan estas retenciones (que ya están siendo aplicadas) seguirán subiendo los precios de los insumos básicos de los trabajadores, y continuarán beneficiándose de ellas los acreedores de la deuda externa y los grandes empresarios.

Lo que hace falta no es que este Estado, estructurado para orientar la producción social en beneficio de la burguesía, re-distribuya la riqueza producida por la explotación de los trabajadores –del campo y la ciudad-, sino que los mismos trabajadores asuman el control de los medios de producción social –de la tierra y de las fábricas-. No alcanza para “superar la crisis” “ir por más” subiendo las retenciones a la minería, a las petroleras, sino que sean expropiadas por sus propios trabajadores.

El documento en ningún momento señala que las tareas centrales por las cuales superar la crisis tienen que ser llevas por la acción directa de los trabajadores, sino por el Estado, este Estado.

En definitiva, el documento del espacio independiente termina apoyando la medida del gobierno nacional en busca de que se “profundice” y se generalice el sistema de retenciones hacia otras ramas capitalistas para que sea utilizado ese dinero en beneficio de los trabajadores y sectores populares. Es decir, cree que el problema es éste gobierno, en lugar de éste Estado y el sistema de clases donde se apoya. Por eso critica el accionar del gobierno en general pero apoya las retenciones en particular. Se delimita políticamente del gobierno pero se alía ideológicamente con la concepción de la función del Estado capitalista. Esta conclusión la sacan a partir de comparar la década de los 90´ con la actualidad. Dicen lo siguiente: “Como lo demuestra la experiencia de la década pasada, la privatización de las principales empresas productoras y de servicios produjo mucho más daño que su manejo por el Estado burgués. Lo mismo sucede hoy con los impuestos a las rentas extraordinarias del agro, que el gobierno aumenta y la rebelión del bloque agrario busca eliminar”.

Este posicionamiento del espacio de izquierda independiente no se encuentra disociado de sus posicionamientos internacionales. La gran mayoría de este bloque apoya más o menos críticamente al gobierno de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa; caracterizándolos como gobiernos populares y trampolines hacia un proceso socialista. Reproducen, en el plano de la política internacional, su concepción ideológica de la posibilidad del Estado burgués como agente de cambio en beneficio de los intereses del pueblo trabajador.


7. ¿Hacia donde ir? ¿Qué política tener en esta nueva etapa política?

1. Levantar como bandera central la independencia política de la clase trabajadora frente a la disputa entre el frente patronal por el comando político de “su” Estado.

2. Disputar la hegemonía política del peronismo y todas las variantes existentes de conciliación de clases, tanto en el terreno de los trabajadores como del resto de los sectores populares. En este sentido, trabajar para la ruptura del frente patronal que se encuentra del lado del gobierno. Este frente consiste en una alianza entre la burguesía industrial y la burocracia sindical con expresión política en el Partido Justicialista, apoyado en la dirección del Estado.

3. Denunciar el carácter reaccionario y pro-patronal del reclamo en contra de las retenciones. Trabajar en este sentido, por la ruptura del frente del campo, de modo que comiencen a entrar en escena los propios intereses de los pequeños productores. De aquellos realmente pequeños, no de los que cortaron las rutas, generaron desabastecimiento y aumento de los precios de los alimentos.

4. Trabajar por la unidad de las organizaciones sociales y políticas que levanten una política de independencia de clase frente a la disputa patronal. En este sentido organizar la lucha por las reivindicaciones de cada sector, ocupado y desocupado, estudiantil, ambiental, etc.


3 de Julio de 2008

[1] Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Pág. 160.

domingo, 9 de marzo de 2008

El Estado y la revolucion venezolana


El proceso revolucionario que vive hoy el pueblo venezolano no puede pensarse sin enmarcarlo en la tradición de luchas de América Latina. Mucho más cuando hace 35 años el pueblo chileno asistió a un proceso similar, que al igual que toda revolución, estuvo atravesado por la cuestión del poder y las posibilidades de realizar una revolución por métodos pacíficos y en los marcos del Estado burgués. A continuación polemizaré con una vieja concepción según la cual es posible utilizar el Estado burgués para iniciar una transición al socialismo.


El Estado, organización de la clase dominante

Según la experiencia histórica de los pueblos por su emancipación, la construcción de la revolución tiene que como tarea central la organización de los trabajadores en el sentido de su autodeterminación colectiva, independiente de la burguesía y de su organización política: el Estado. La autoorganización democrática, de base y conciente tiene como tendencia el cuestionamiento del régimen de producción social capitalista y la hegemonía política e ideológica que la clase dominante tiene sobre el conjunto de la sociedad. Esta hegemonía es dirigida centralmente por el Estado, que oficia para organizar la dominación de una clase sobre la otra y para asegurar el consenso de la población para la explotar a la clase productora. El Estado, a diferencia de lo que pensaba Hegel, no es la síntesis de las contradicciones de la sociedad civil, sino la organización política de la clase dominante para contener y amenguar dichas contradicciones; es decir, para asegurar la supervivencia de la explotación económica. Por supuesto que el Estado, en su política, en su forma, en sus leyes, en sus símbolos, expresa y cristaliza la correlación de fuerzas de las clases en pugna; pero este reflejo no es perfecto, puesto que mientras exista el dominio en la esfera económica, el Estado será hegemonizado por el poder burgués, y expresará casi en su totalidad la política general de la burguesía. Desde este punto de vista el Estado no es un terreno “en disputa”, o “un campo de contradicciones”, o “una apuesta”: por más democrático y popular que sea un Estado, mientras exista el dominio de clase, no será más que la organización política para mantener esa dominación.


La ilusión estatista

Algunos teóricos que se centran más en el análisis de la forma del Estado (democracia parlamentaria, dictadura militar) en lugar de fijarse esencialmente en el contenido, es decir, en cuál es la clase social que lo dirige, concluyen que caracterizar al Estado como estructuralmente burgués nos lleva a la imposibilidad de utilizarlo. En definitivo, para estos autores, decir que el Estado actual es burgués es desconocerlo y evitar “arriesgarse” a “nadar en sus contradicciones”. A partir de esto, y sacando conclusiones prácticas, señalan que frente a la avanzada neoliberal que desmanteló el Estado, hay que fortalecerlo y utilizarlo como agente de desarrollo económico y amplificador de una política revolucionaria.Estos tipos de postulados reconocen dos variantes. Por un lado una más de centro-izquierda, que pretende usar al Estado para ganar porciones de poder, de modo de torcer su rumbo hacia la transformación en uno más popular, que auspicie reformas sociales y promueva la formación de una burguesía nacional autónoma del imperialismo. En Argentina estas organizaciones se identifican con el viejo peronismo de izquierda y apoyan “críticamente” al gobierno de los Kirchner. Aunque esto, más que “crítica”, es una subordinación política a la burguesía local y los monopolios internacionales amigos de los Kirchner.

Más a la izquierda encontramos otra variante. Esta piensa en primero construir una importante correlación de fuerzas propia y a partir de ahí “disputar” el aparato del Estado, conquistando un gobierno popular (similar al de Chávez o al de Evo Morales, o como fue el gobierno de la Unidad Popular en Chile con Salvador Allende) de modo de usar este aparato para impulsar la movilización popular en miras al socialismo, mediante el fomento del desarrollo de poder de base. Esta segunda variante es la que más influencia está teniendo en los círculos militantes y una importante franja del activismo. Se repite, bajo nuevas expresiones históricas, una vieja política de concebir al Estado como “momento de la lucha de clases”, como “trampolín”, como instrumento necesario para superar el capitalismo y construir el socialismo. Estas concepciones consideran la posibilidad de que el Estado vaya desapoderándose de a poco, por medio de un proceso de construcción de poder de base, suponiendo que se extinguirá o que se reformará hasta perder su función clasista y opresiva. La propuesta de Chávez de avanzar hacia el socialismo por medio de, entre otras tantas cosas, un Referéndum Constitucional y la derrota que significó para las fuerzas revolucionarias, al igual que el fracaso de la estrategia pacifista del gobierno de Allende en Chile muestran la ilusión del Estado burgués para transformarse en un organismo popular revolucionario que termine con la propiedad privada y la dependencia del imperialismo. La lección más importante para sacar para el caso venezolano, es que los objetivos más progresivos planteados por la reforma constitucional, y aún, todos aquellos que los exceden, deben ser tomados por los trabajadores en sus manos de forma directa, por medio de su propio poder, de forma autónoma al Estado. 1

Otra variante de esta concepción que hace del Estado un lugar necesario para avanzar hacia el socialismo es la comúnmente llamada “guerra de posiciones”. Esta estrategia identifica al Estado y su disputa interna como una trinchera más en la lucha más larga contra el sistema. La idea es ir ganando posiciones tanto en la sociedad civil, en las bases de la sociedad, como en la dirección política de las instituciones estatales (municipios, universidades, diputados en un parlamento, un ministerio o el poder ejecutivo). Según esta teoría, la inserción dentro del aparato del Estado depende de si la etapa es defensiva u ofensiva para la clase trabajadora y el campo popular. Pero el pensamiento de estos teóricos es muy desigual sobre este punto. Algunos plantean ocupar las instituciones como si fueran trincheras de resistencia ante el embate neoliberal contra el Estado, ya que si uno no ocupa estos espacios son ocupados por la derecha. Por otro lado escuchamos el argumento opuesto, que dice que sólo hay que ocupar espacios institucionales en momentos de ofensiva, puesto que el pueblo tiene más fuerza para imprimirle su propia dinámica. Lo que unifica a estos dos argumentos es la creencia de que el Estado (y su dirección política, el gobierno), refleja (especularmente, fielmente) la correlación de fuerzas de las clases en pugna. Así, cuanto más poder tenga el pueblo, más popular será el gobierno y el Estado. Sin embargo, históricamente podemos ver que los momentos de mayor poder concentrado en el pueblo, dentro de los marcos del capitalismo, el Estado tiene un gobierno que mantiene su organización militar (último reducto de la burguesía) al servicio de la represión de los trabajadores y el pueblo. Así fue en Chile en el 73´, en Argentina en el 75´; así es Venezuela y en Bolivia hoy en día, donde los trabajadores, cuando exceden los marcos de la legalidad burguesa, son reprimidos por la fuerza policial o militar.



La teoría de la “complementación dialéctica”


“Los resultados del 2 de Diciembre tienen su origen en que aún los revolucionarios no tienen el poder. Tenemos 8 o 9 años en el gobierno y en principio no tenemos el poder. Sigue siendo manejado en principio por quienes tienen el poder del dinero, quienes tienen el poder político incluso y quienes pueden hacer alianzas. Incluso cuando se dice que el pueblo tiene el poder es una entelequia. Cuando el pueblo tenga el poder es cuando tomará decisiones y tendrá injerencia en la designación de los funcionarios, injerencia en el diseño de las políticas públicas y en el diseño de la administración de los recursos. Cuando eso ocurra el pueblo tendrá el poder, porque no nos basta estar en el gobierno” 2
Hindu Anderi, periodista venezolana

Una intelectual de renombre internacional que actualmente propone, en sintonía con Chávez, una transición pacífica y democrática hacia el socialismo es Martha Harnecker. En un artículo publicado recientemente refiriéndose a Venezuela y la relación entre el poder del pueblo y el poder del Estado dice lo siguiente: “Pero una cosa es no hacer depender el poder constituyente del poder constituido y otra oponerlo al poder constituido, como plantea Negri. Según este autor el poder constituyente se opone al poder constituido y, no sólo se opone sino que está contra él, como el trabajo vivo al trabajo muerto en Marx. (…) Si el poder constituyente —que se llama así precisamente porque “constituye”, porque crea poderes constituidos— no se limita simplemente a crear a los poderes constituidos, sino que actúa permanente sobre los poderes que ha constituido, puede establecerse entre ellos, no una relación de oposición, sino de complementación dialéctica” 3. Aquí la autora señala que el poder constituyente –que ella identifica con la organización de base de los trabajadores, los pobladores, etc.- tiene que actuar sobre el poder constituido, sobre el Estado, de manera de imprimirle una dinámica más popular, revolucionaria, para que progresivamente supere su forma aún burguesa y adquiera una nueva socialista. Si el poder de base tiene que actuar sobre el poder estatal, de ninguna manera tiene que actuar en su contra. Es lógico que piense esto, ya que si ella caracteriza que Chávez está al frente de un gobierno revolucionario, de ningún modo poder alguno se le puede oponer, inclusive el poder de los trabajadores. En lugar de ejercer una política de oposición, como pretendería según la autora hacer Negri, habría que mantener una relación de “complementación dialéctica”, como si el Estado fuese negándose a sí mismo hasta superarse en uno nuevo. Pero contra esta visión pacifista y gradualista, la historia de la lucha de clases desde la Comuna de París hasta la experiencia revolucionaria de los Cordones Industriales en Chile, nos ha mostrado que hay un momento en el cual el Estado –mediante su fortaleza militar- se pone al frente de la contrarrevolución y no da chances de transición democrática ni pacífica, sino que abre las puertas a la lucha abierta, violenta, mediante los métodos represivos más extremos. En este plano, la autora termina reemplazando la lucha de clases, que en los momentos desicivos enfrenta a los trabajadores con el ejercito del Estado burgués, por una “complementación dialéctica” entre el poder de los trabajadores y el poder de los capitalistas.


Sobre los “gobiernos populares”

Tomando en consideración la historia de las revoluciones del Siglo XX, los nuevos enfrentamientos sociales que vienen alumbrando al Siglo XXI, tomando nota de las experiencias de los “gobiernos populares”, no podemos dejar de señalar su rol contradictorio y ambiguo con respecto a la lucha de clases. Mientras que estos gobiernos alentaban la organización del pueblo, al mismo tiempo garantizaban la continuidad de la dominación burguesa y el control burocrático del Estado sobre la economía. En este sentido, no podemos continuar caracterizando a éstos gobiernos como siempre se los ha denominado, como “populares”, como si que representasen los intereses del pueblo. La caracterización de un gobierno se realiza sobre la base de las fuerzas sociales en las cuales se apoya para gobernar, tanto como en la orientación que le dé al curso de la economía, y a la forma política que asuma el Estado. Sin pecar de exageración, todos los llamados gobiernos populares se apoyaron, tarde o temprano, en el poder de las clases dominantes, es decir, en la propiedad privada (aspirando a que una fracción nacionalista de la burguesía apoye su gestión). Y en lo que hace al Estado, a su poder propio, buscaron el apoyo en un ala patriótica o constitucionalista del ejército… ala jamás existente.
Por apoyarse para gobernar en estos sectores, fueron todas experiencias que desembocaron en grandes derrotas para los sectores populares. Por éstas razones, la nueva izquierda tiene que luchar no por re-editar éstas experiencias truncas, sino por la conquista de un gobierno de los propios organismos de masas de los trabajadores y el pueblo, por verdaderos gobiernos populares, en el pleno sentido del término. Pero a diferencia de un “gobierno popular” como los que conocimos durante el Siglo XX y como ahora sucede en Venezuela y Bolivia, un gobierno basado en organismos democráticos de masas sólo es posible como resultado de una revolución social; es decir, como producto de la insurrección armada de los trabajadores y los sectores oprimidos para barrer de pies a cabeza el Estado burgués y emprender la construcción del socialismo.


2 “Los revolucionarios aún no han tomado el poder”. Entrevista a Hindu Anderi realizada recientemente en Venezuela. 21 de febrero de 2008Publicada en www.aporrea.org/ideologia/n109464.html. 21 de febrero de 2008

3 HARNECKER, Martha, Pág. 2. Notas para un debate sobre el poder constituyente y poder constituido. 3 de diciembre de 2007. Publicado www.rebelion.org/docs/62325.pdf. Las palabras en cursivas son mías.